Ayer lunes, día por definición malo. Para relativizar un poco pongo aquí algunas de las personas que me encuentro habitualmente en la ciudad:

Primero, la Señora que Recoje Periódicos Viejos en su carrito de la compra. Va en zapatillas de andar por casa y lleva horquillas en el pelo canoso. Siempre muy concentrada, atenta a su trabajo y sin mirarnos a los demás, a los que nos apresuramos yendo y viniendo por la calle. Ella se detiene cada pocos metros, a descansar, y luego continúa. Más adelante, llegando a casa, esa otra mujer que busca en los contenedores del super ya cerrado. En el Parque está la Señora de los Gatos. Ella se bebe todas las tardes una botella de algo mientras los gatos se comen la comida que les trae. Yo paso, los miro y ellos ni se inmutan. Ni ella ni los gatos. Y cerca del trabajo está la pareja, madre e hijo, supongo, que avanzan pasito a pasito, increíblemente cortos; el hijo la sostiene y camina paciente a su lado, si a eso se le puede llamar caminar. Es el movimiento más lento y más corto que he visto en mi vida. Consiguen llegar hasta un banco, donde se sientan después de tamaño esfuerzo. Me parece que el simple hecho de pasar por delante de ellos corriendo hacia el metro es un regalo, un inmenso e inapreciado regalo.

Son sólo tres o cuatro que me encuentro más o menos cada día. Seguro que vosotros conocéis más. Relativizad, relativizad.