
Una preciosa exposición de dibujos y acuarelas de Caspar David Friedrich, en la Juan March. Hermosos árboles, y la envidia con que miro a alguien que todavía tuvo tiempo de sentarse, quizá durante horas, a dibujar rama por rama, hoja por hoja, conociendo así cada grieta en una piedra, cada línea de horizonte. En las parees, algunas frases suyas:
“… la tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse.”
“Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y con las piedras, para ser lo que soy.”
“Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena.”

Me compro un diccionario de “dudas y dificultades de la… lengua castellana”. Ay, ojalá hubiera sido “de la vida”. Recuedo que una vez oí hablar de un libro que se llamaba “Guía para perplejos”. ¿Alguien lo conoce? ¡Si editaran guías de viajes, mapas y callejeros de las personas! Y diccionarios, muchos diccionarios, para saber qué quieren decir cuando dicen cosas que no entiendo…

La semana pasada se reincorporó a nuestro vecindario virtual el amigo Ernesto, tanto tiempo ausente. Hubo una noche de tormenta, luna llena y yo vi una preciosa garza vigilando sobre el estanque. Si hubiese sido Ernesto habría escrito un haiku allí mismo. Como no lo soy, le copio, humildemente, uno de Bashó. Espero que te guste y bienvenido, Ernesto.



Todas estas personas iban leyendo “Los hombres que no amaban a las mujeres”, o su segunda parte o su tercera. Y más que no he dibujado. ¿Cómo es posible? A la hora de elegir lectura, ¿la gente por qué se guía? ¿No tienen inclinaciones propias? ¿Cómo puede ser que todos lean lo mismo? No es posible, aquí hay algo raro.