
“¡Vivir! Sólo puedo vivir enteramente si estoy contigo o, si no, morir.”
Así escribía Beethoven a su Inmortal Bienamada. Y así escribía a sus críticos:
“Ahora critiquen lo que quieran, es unplacer que les deseo; aunque de vez en cuando me irrite un poco, como la picadura de un mosquito, acaba siendo una gran broma; cri-cri-cri-cri-cri-ti-ti-quen-quen-quen, no por toda la eternidad, que eso sí que no pueden. ¡Y que Dios les acompañe!”
Me gustan algunas anécdotas del personaje, como cuando se negó a tocar en una fiesta, incluso cuando una condesa se arrodilló delante de él, y se fue de palacio para irse a pasear por el bosque. Sólo por esto ya tendría mi simpatía eterna, pero es que es imposible no sentir piedad por el niño al que su padre y su maestro, borrachos, sacaban de la cama en plena noche y le obligaban a tocar hasta el amanecer, atado al piano cuentan algunas fuentes. Una tatarabuela suya fue quemada viva por bruja, al final del s. XVI y casi toda su familia fue una familia de alcohólicos. Él mismo murió de cirrosis y neumonía, un 26 de marzo como hoy. Prefiero recordarle entre los bosques que tanto amó, a los que se escapaba siempre que podía, después de haber estado componiendo desde el alba hasta el atardecer:
“Soy tan feliz apenas pueda pasear sin rumbo por los bosques, entre árboles, hierbas y rocas. Ningún hombre ama tanto la naturaleza como yo mismo.”
Escuchad hoy, por ejemplo, su Gran fuga, o cualquiera de sus cuartetos, o sus sinfonías o cualquier cosa que este enorme hombre escribiera, con absoluta desesperación o con absoluta alegría, pero todo apasionadamente.