“Viví mi vida a los tumbos
y tengo tanto asfalto
que cuando caigo
caigo parao”
Otro conciertito, de tangos esta vez. El cantante, Marcelo (de Malandracas), nos iba traduciendo del lumfardo, el slang bonaerense. Si no, no habríamos entendido nada, desde luego. Lumfardo significa por lo visto también “ladrón de poca monta” (como el nombre de su grupo, malandraca). Otros palabros:
Bacán - tipo que vive bien
Chitrula - mujer ingenua
Fangullos - zapatos (”arrastrar los fangullos”)
Dar el olivo - sugerir que se vayan
Bufoso - revólver (o seis luces)
Iturro - mala persona
En un bar, gente escuchando y cantando flamenco:
Qué quieres de mí
qué quieres tú de mí
si hasta el agüita que bebo
te la tengo que pedir.
Por qué se la llevó Dios.
Si se la llevó porque la quería
eso lo respeto yo.
Se ha llevaíto a quien más quería.
(esto lo cantó el mismo chico del dibujo)
Bonito sería decir
que entrara el sol por la ventana
y me encontrara, prima mía,
metidito en tu cama.
El libro que este hombre iba leyendo (este sábado, línea 6) era “La literatura del mal” de Georges Bataille. Anoto un proverbio húngaro que leí en el libro de memorias de Violeta Friedman, quien fue internada con 14 años en el campo de concentración de Auschwitz, y sobrevivió:
“Que el ser humano no sea sometido a todo lo que es capaz de soportar.”
Para quien tenga curiosidad, Violeta Friedman pasó sus últimos años aquí en España y su testimonio fue decisivo para la condenación del nazi belga Léon Degrelle y, finalmente, en la aprobación de nuestra ley que condena la apología del genocidio. (Y por cierto, que si alguien lo quiere se lo mando; es un librito pequeño que se llama “Mis memorias” y lo voy a soltar por ahí, en plan Bookcrossing, si antes nadie me lo pide).
Otros lectores recientes.
Un anciano, con bastón y gorra de visera, estaba en la puerta de un edificio y le gritaba al telefonillo cosas que leía de unas cuartillas escritas a mano que sujetaba con manos temblorosas (no es una expresión, de verdad le temblaban las manos, el temblor de las personas mayores). Las cosas que decía eran insultos: “¡Sinverguenza! ¡Desgraciada! ¡Antonia, vete, vete!…”. No tenía aspecto de estar loco, más bien tenía el aspecto de un hombre al que se la han jugado (¿quizá una inquilina morosa?), y que ya no tiene más opciones.
Ese mismo día, un amigo se encontró un periódico gratuito abandonado en un café con anotaciones a boli de lo que parecían ser ayudas a una futura conversación, como guías de las cosas que tenía que decir supuestamente este alguien: “pero antes de eso tú hiciste…; tenemos que hablar primero de…”. Cosas de ese palo. Las batallas diarias que tenemos que pelear. Al llegar a casa, sin embargo, se colaba el sonido de una mujer que cantaba Somewhere over the rainbow mientras trasteaba por la cocina.



































